Bolivia DEL ESTADO AUTORITARIO AL ESTADO DEMOCRATICO NEUTRAL

Armando Méndez Morales

Mi vida de servidor público me impulsó a observar y a investigar el papel de la política en la sociedad, cuyas conclusiones no dejan en buen pie al mundo de la política. Lo que se hace en las reparticiones del Estado está sujeto a las presiones de particulares, con poder, y de los grupos de interés que siempre merodean sobre él. Además es lento, repetitivo y pesado, se administra de manera paleolítica y paquidérmica. Mi experiencia pública en diferentes reparticiones del aparato estatal me llevan a la conclusión de que la ¡Lentitud e ineficiencia son las características centrales del Estado Boliviano! Sin embargo, mis apreciaciones tienen la pretensión de no ser únicamente de alcance nacional sino universal.

Si me preguntasen cual es la principal motivación que está detrás de esta reflexión de economía política diría que es la percepción que tengo, de siempre, sobre la desenfrenada lucha por el poder político. ¿Por qué esas contiendas electorales, o de otro tipo, que parecen verdaderas batallas, para llegar al gobierno? ¿Es por qué les anima un legítimo sentimiento de servicio público? Mi respuesta es no, les anima la búsqueda de canonjías y/o de poder, para el usufructo de ciertos intereses y de quienes llegan al gobierno, -por lo demás una motivación inherente a la condición humana- y que aprovecha la ingenuidad y la ignorancia de la gente. Las grandes mayorías son crédulas al mensaje de que el gobierno les resolverá sus problemas económicos y les asegurará bienestar. Y esto terminará sólo cuando se plasmen los Estados democráticos neutrales.

Las estimulaciones del político no tienen asidero alguno para considerarlas moralmente superiores a las motivaciones de los empresarios. En tanto el empresario abiertamente muestra su interés por las ganancias, el político oculta su verdadero interés que es gozar del poder y/o de canonjías.

Entre tanto los empresarios son los verdaderos motores de la creación de la riqueza para beneficio de todos los participantes en los mercados, los políticos son gastadores y hasta dilapidadores de la riqueza creada por las empresas. Parafraseando a Ayn Rand, se puede decir que, mientras el mundo de la política se especializa en otorgar autorizaciones a privilegiados empresarios para producir algo, mientras incentiva el tráfico no de bienes sino de favores, permitiendo que la gente se haga rica por los sobornos y por las influencias y no por el trabajo, los empresarios sostienen al mundo como lo hace Atlas; si estos se rebelasen se cae el mundo.

Y como es imposible conocer perfectamente todo lo menos indicado es entregar nuestros destinos a unos individuos que por gobernar, por hacerse del poder político ofrecen cielo y tierra para ser elegidos gobernantes, es decir, para ser privilegiados, pero con el hipócrita discurso del “servicio a los demás”. Quienes se hacen cargo de los gobiernos son personas de carne y hueso cuyos intereses y motivaciones personales, por ley natural, son superiores al altruismo que dicen practicar, y son los que menos conocen sobre las necesidades de la otra gente también de carne y hueso ¿Cómo puede ser posible que los complejos procesos de asignación de recursos que realizan millones de decisiones individuales en múltiples mercados, puedan ser confiados a un grupo de burócratas que se apoderan del poder político?, decisiones que, además, si son equivocadas traen pérdidas que no repercuten en el burócrata, y nadie jamás le exige el resarcimiento de daños y perjuicios, como sucede en los mercados cuando los empresarios se equivocan, pierden e incluso van a la quiebra con todas las consecuencias colaterales.

Como toda ciencia la economía tiene sus leyes, no en un sentido absoluto e inmutable y ausente de incertidumbres sino en un contexto probabilístico, y suponiendo la no aparición de fenómenos completamente nuevos, la economía nos enseña senderos por donde el hombre camina, uno es el de los mercados, hoy, a nivel mundial, el otro nombre de la globalización.

Así como el siglo XIX fue el siglo del Estado liberal, el siglo XX fue el siglo del estatismo y del socialismo, el mismo que acabó abruptamente con la caída del muro de Berlín. De igual manera percibo que el siglo XXI será el tiempo de la construcción del Estado democrático neutral. Sostenemos que la historia de las ideas económicas y políticas a nivel mundial, ha concluido durante el siglo XX, finalmente, con la propuesta que el mejor sistema político es la democracia representativa para toda sociedad moderna y, en lo económico, la economía competitiva de mercado, con su mecanismo de precios libres, vale decir, de un sistema en el cual cada una de las personas es libre y dueña de desempeñar la actividad económica que mejor vea conveniente, lo que inexorablemente lleva a reconocer que la relación social vital es la del intercambio, lo que ya señaló con propiedad Friederich von Hayek, Premio Nobel de Economía 1974. Esta es no es una preferencia ideológica, es una realidad y la tendencia de la historia.

Quienes plantean una activa participación del Estado en la actividad económica, no se percatan que cuando el Estado así lo hace nunca es en beneficio de todos por la sencilla razón de que los recursos públicos siempre son insuficientes y porque los políticos tienen sus propios intereses que coinciden con ciertos grupos sociales, pero no con todos. Además, la corrupción es inherente a la actividad estatal. El intervencionismo estatal en lugar de afianzar el desarrollo y el perfeccionamiento de una democracia representativa, la debilita, porque al ofrecer resolver problemas concretos de la sociedad para los que el Estado no tiene la capacidad, genera el continuo descontento social y el conflicto. Todos apuntalan al Estado como el culpable de sus desgracias exigiendo el remedio inmediato para lo que el Estado no está capacitado, pero sí los mercados.

No creo en el historicismo desde que leí que los humanos “no somos el resultado necesario de la evolución sino una mera circunstancia”, que la evolución del hombre no tienen un propósito definido; nada está escrito sobre el futuro, todo es posible, pero hay tendencias. Y una de ellas es la construcción de los Estados democráticos neutrales. La moderna teoría del caos sostiene que puede haber orden, porque hay leyes y, sin embargo, su comportamiento futuro puede ser impredecible porque no conocemos a plenitud los factores que explican los fenómenos y aunque los conociéramos igual no podríamos predecir perfectamente su comportamiento futuro porque aparecen nuevos factores que afectan el fenómeno en cuestión. Y por esto en las ciencias se terminó el reinado de las certidumbres para sustituir con lo probabilístico.

Concluimos que las sociedades, en su proceso de avance evolutivo, se dirigen a la consolidación de Estados democráticos representativos y neutrales en un contexto de economía de mercado mundial. Se entiende por esto, aquél Estado que no privilegia a grupo social alguno y realiza funciones imprescindibles, que toda sociedad moderna requiere, como son los de seguridad, infraestructura y garantía de estabilidad económica, para lo que debe disponer de normas previamente establecidas por su poderes legislativos. El intervencionismo estatal, tan en boga en el mundo durante el siglo XX, debilita la democracia, y ha demostrado ser contraproducente para los objetivos de lucha contra la pobreza y se ha constituido en fuente de conflicto social, porque incentiva a que todos dirijan su mirada hacia el Estado para la solución de sus particulares problemas, lo que es humanamente imposible que pueda ser realidad. Bolivia es un país llamado a acelerar este proceso si quiere desarrollar sus potencialidades y alejarse de peligrosas situaciones futuras de descalabro, para lo cual los gobiernos autónomos departamentales serán un paso.

Tiempo Político de La Razón, 13 de junio de 2008